
Pamplona está preciosa. Coqueta, ha cuidado los detalles durante todo el año para abrir sus puertas en estos días de fiesta a un gran número de invitados. Todo está a punto, las neveras hasta arriba, las pagas extras en los bolsillos, los jardines frescos y crujientes salpicados de flores, las sonrisas y los mejores deseos para estos días están en todas las bocas. Una Pamplona limpia, recién pintada, espera que lleguen las doce con el pañuelo plegado en el bolsillo dispuesta a saltar de alegría para celebrar un año más sus fiestas.
Y hoy, para mí es -y ha sido siempre- el día más especial de todos, el día en el que ríos de personas se van a acercando unas a otras y todas hacia el centro para unirse en una clave y una consigna: Disfrutar. El día 6 es el estallido de la ruptura con el resto del año, la antesala a unos días de olvido, de encuentros y de reencuentros, días en los que la rutina y la seriedad del año dan paso al sentido del humor y al jolgorio, en los que parece que todo lo negativo se deja en un segundo plano para dar prioridad a lo más importante: el celebrar estar vivo.
Desde aquí dejo mis felicitaciones para estos días para todos los que pasearán por estas calles y ya por pedir también mi deseo de que todas aquellas personas que lleguen a Pamplona traigan consigo una gran dosis de respeto y hagan uso de su precioso espíritu de hospitalidad sin abusar de ella. Me dispongo como siempre a disfrutar de la sensación de nerviosismo, sentir el pequeño nudo en el estómago, la carne de gallina y las lágrimas saltar a los ojos al escuchar la frase previa al chupinazo:
Pamploneses, Pamplonesas ¡Viva San Fermín!; Iruindarrak Gora San Fermín!
Belén